El movimiento plástico impresionista se desarrolló a partir de la segunda mitad del
siglo XIX en
Europa —principalmente en
Francia— caracterizado, a grandes rasgos, por el intento de plasmar la
luz (la «impresión»
visual) y el instante, sin reparar en la identidad de aquello que la proyectaba. Es decir, si sus antecesores pintaban
formas con identidad, los impresionistas pintarán el momento de luz, más allá de las
formas que subyacen bajo éste. El movimiento fue bautizado por la
crítica como Impresionismo con
ironía y
escepticismo respecto al cuadro de
Monet Impresión: sol naciente. Siendo diametralmente opuesto a la
pintura metafísica, su importancia es clave en el desarrollo del arte posterior, especialmente del
postimpresionismo y las
vanguardias
Técnica y estética impresionista: colores puros, El uso de pequeñas pinceladas de colores puros resultó en un todo vibrante; y, aunque las pinceladas aisladamente no obedecieran a la forma o al color local del modelo, en conjunto —al ser percibidas global y unitariamente— adquirían la unidad necesaria para percibir un todo definido. Este recurso fue llevado al máximo por los neoimpresionistas, también conocidos como puntillistas como Seurat o Signac.
La pintura pasa a ocuparse de aquello que le es intrínseco: la luz y el color y en ningún caso a la descripción formal del volumen heredada del clasicismo; Así las formas se diluyen, se mezclan o se separan de forma imprecisa dependiendo de la luz a la que están sometidas, dando lugar a esa «impresión» que le da nombre al movimiento.
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